jueves, 18 de abril de 2013

El ensayo, un show sin ovaciones




Cuatro de la tarde, como hormigas, una tras otra las personas desfilan saliendo de sus oficinas, cada edificio parece un hormiguero alrededor del teatro Benalcazar, los autos invaden la calle hasta colapsar, los buses no abastecen para transportar a tanta gente, y en medio de esta marea de sombras de oficina que camina frente al teatro unos personajes se distinguen por su energía, de ellos cuelgan ropas flojas y desgastadas y con la mirada en el suelo y sus audífonos uno a uno ingresan al teatro, ese lugar al que todos entran de etiqueta, con sus mejores galas, lleno de falsos amantes del arte y viejos adinerados, ese lugar ahora está lleno de informales bailarines que con el pasar del tiempo lo invaden y esta vez los camerinos, la sala de control, el escenario, las butacas, todo en el teatro se convierte en camerinos.

En las butacas de lino rojo, mochilas, shigras y maletas reposan abiertas, y junto a ellas los bailarines se colocan sus zapatillas y se despojan de las prendas que los cubren, el orden y la pulcritud del teatro se rompe, apuesto a que aquellos viejos enternados que vendrán en la noche no tiene idea de todo lo que ha sucedido aquí antes de su llegada.

El silencio clásico del teatro continua mientras estos hombres y mujeres ahora todos de negro parecen desarmarse mientras estiran, una pierna por aquí y otra por allá, si alguien viera este ritual pensaría que es una tortura colectiva, pero la energía en el ambiente sigue subiendo conforme los bailarines calientan, y de repente el silencio se rompe con una onda que proviene de la cabina de control, es el director que llama a todos para su primer ensayo previo a la función, rápidamente se ponen de pie y forman un compacto pero todavía desordenado grupo en el filo del escenario, todos atentos a lo que su director les diga.

En la cabina, el aire es mucho más ligero de lo normal, el estrés del show no llega todavía, varios zarrapastrosos ingenieros de sonido están verificando conexiones, la indiferencia reina en ese pequeño lugar del teatro, contrario a lo que se esperara después, pues la coordinación a la hora del show debe ser perfecta, un hombre de pie frente al micrófono maestro grita a todo pulmón, “a sus posiciones”, una frase que jamás un espectador deberá escuchar, y que solo en ese momento de la tarde es repetida una y otra vez antes de que la música invada nuevamente el lugar.

El suelo cruje con las rápidas y fuertes pisadas, gritos invaden las patas detrás de las cortinas y uno tras otro los bailarines salen atropellándose, giros y ademanes de brazos y pies, harían creer que el teatro está dando un show de manera normal, pero hay muchas diferencias, el gesto de los bailarines es diferente, sus atuendos, su energía, en general el show es otro, tiene un tinte mayor de esfuerzo, el teatro ya no es una vitrina de arte únicamente, se ha convertido también en un campo de batalla, lleno de espíritu de competencia, de necesidad de sobrevivir, de sobresalir, de mentes concentradas en exigir de sus cuerpos todo lo que pueda dar, el teatro a esta hora de la tarde es diferente, su aire es diferente, su sonido es diferente y por lo tanto el teatro es otro, es una guarida de entrenamiento, es el escondite del bailarín.

El show se repite en varias ocasiones y frente a cada error se escucha gritos estruendosos desde la cabina. El tiempo transcurre sin perdonar errores, la hora del show se aproxima y con ella el estrés de todos dentro del teatro aumenta.
La ultima pasada, dice el director con un tono más tranquilo, desatando la energía de sus bailarines con la última reproducción del audio, en esta oportunidad ya no existen gritos, y la complicidad y entusiasmo llenan el ambiente de aire rosa, suena el último acorde y todos caótica mente se dirigen a sus maletas y las llevan a los camerinos, es en este instante donde el teatro empieza a convertirse en lo que todos conocemos, es en este instante cuando los actores de esta Obra visten el traje que todos esperamos, los espectadores inundan las entradas vestidos de gala y toman asiento en las butacas, el rechinido es diferente, el sonido de las butacas es de reposo, al terminar de entrar todo el público, las luces se apagan y toda la Obra entra en escena, pero cuando nos sentemos en esa butaca a disfrutar de su show, debemos recordar que antes de todo lo que estamos viendo, antes de este espectáculo que disfrutamos, hubo otro, uno lleno de espíritu y decisión, un show que mostraba el esfuerzo que se necesita para convertir el Teatro en el lugar que todos conocemos, un show que no recibió ninguna ovación y sin embargo estuvo ahí.

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